Más vale estarse callado y parecer tonto que abrir la boca y despejar cualquier duda

Por (autor) Antero
Categorías Humor

Un limón, medio limónTan feo que se le avistaba, como al yeti o los platillos volantes. Sus fotografías se debatían en el casino entre invocaciones a Nuestra Señora Auxiliadora de los más crédulos —«¡cuánta cosa queda por saberse!, ¡cuántas matemáticas escondidas!»— y galleos valentones de aquellos otros más bravos —«esos retratos son pintados, para embaucar a los enga&ntil…

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Un limón, medio limón

Tan feo que se le avistaba, como al yeti o los platillos volantes. Sus fotografías se debatían en el casino entre invocaciones a Nuestra Señora Auxiliadora de los más crédulos —«¡cuánta cosa queda por saberse!, ¡cuántas matemáticas escondidas!»— y galleos valentones de aquellos otros más bravos —«esos retratos son pintados, para embaucar a los engañadizos y tenerlos entretenidos, que quien nos entretiene, nos manda, y si quieres una verdad pinta una útil mentira»—. Lo dicho, un feo convencido. A mala fe. Un feo sin necesidad de ser tantísimo feo. Se le cedía el paso porque el Ayuntamiento le había prohibido andar detrás de personas cristianas, las campanas de la iglesia anunciaban sus idas y venidas, y cuando una parturienta rompía aguas se le echaba del pueblo a escopetazos para que el aire recibiera a la nueva criatura limpio de microbios. Sin embargo, el meollo de esta chirigota ni es lo mentado ni se queda ahí, porque por uno de esos estrambóticos engranajes que maquinan la vida —que si se le antoja a sus santos cojones echar mermelada al cocido a ver quién le discute el capricho— cuando mordía un limón no solo se le enmendaba el rostro y su simpar afeamiento, sino que, como abracadabra que diera la vuelta al calcetín, se rompía de lo gallardo Adonis. El condenado semejaba salido de un culebrón rebrincahembras y repartía más calenturas entre nuestras vecinas que el relente de noviembre. Las ponía bravas y echadas palante, con igual número de chiribitas en la mirada que en la entrepierna; que cuando la mujer imagina con la sesera el asunto se queda en apenas cuento, pero cuando lo que le sueña son los muslos y sus adentros, ay, entonces que el párroco reparta confesiones y santos óleos a diestro y siniestro. Más de dos y de tres, tras las tapias o a la vista, le tapaban la cabeza con una bolsa —que el efecto limonero duraba un aliento—, y se lo aviaban crudo, frito, al baño María o a medio fuego. Y atentos al remate, que no solo desquiciaba de su molde a las hembras que andan derechas y a dos piernas, porque coincidiendo con la florecida limonera todas las borricas, yeguas y terneras a la redonda no querían fandangos con los garañones traídos de la capital y entre relinchos, rebuznos y mugidos adulzados y verbeneros saltaban los corrales y lo buscaban como a Cristo Nuestro Señor resucitado, que era prodigio tan satánico como hermoso de verse.

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Longitud de impresión: 204 páginas
Idioma: Español
Notas adhesivas: En Kindle Scribe
Fecha de publicación: 6 abril 2018
Tamaño del archivo: 826 KB
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