El juego de los cobardes

Por (autor) Domingo Horcas

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Permanecer

«Las mentiras no suelen sostenerse en pie demasiado tiempo por mucho empeño que se ponga en mantenerlas. Las mías no duraron ni cuatro días.
A la hora de dar explicaciones, le dije a la Abuela que don Felipe me tenía enfilado, que no me pasaba ni una y que sacaba de paseo a la Tizona con demasiada frecuencia, con motivos o sin ellos.
El Chache no me dio la oportunidad de justificarme antes de quitarse el cinturón y solo tuve tiempo de derramar unas lágrimas tan sentidas y copiosas que podría haber llenado el botijo, que no hay comparación posible entre la media docena de golpes en las nalgas con la zapatilla de la Abuela, más bien intencionados que dolorosos, y la docena larga de educativos correazos con el cinto de mi tío.
Con don Felipe contuve el llanto a duras penas, que uno tenía su dignidad, y me excusé con el pretexto de que Paquito el Bolas y sus secuaces, una vez más, la habían tomado conmigo.
Y, por supuesto, al Bolas no le dije nada e intenté por todos los medios mantener las distancias, cuanta más mejor, que no quería recibir más cardenales que un concilio».

Toño tiene trece años, y odia la escuela tanto como teme al maestro, don Felipe, y al Bolas, el matasiete del colegio. No es de extrañar que desee ocultarse de ambos.
Junto a su amigo el Bizco, Toño recorre por los caminos de Azucel la senda hacia la edad adulta.
Una mirada nostálgica, tierna y llena de humor de la vida en un pueblo de la España interior en los años ‘60.

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