QUEM ÉS TU e que raios fazes na minha cama?
En respuesta a la voz profunda, masculina e increíblemente sexy que penetró en la niebla del sueño que la envolvía, Orla Garrett soltó un pequeño suspiro involuntario pero feliz y se metió más profundamente en el capullo de sábanas frescas y crujientes que se había creado.
Duarte de Castro e Bragança solía visitar sus sueños la noche siguiente al día en que habían hablado por teléfono. Cada vez que su nombre aparecía en la pantalla, se le revolvía el estómago. La conversación que seguía, en la que su tono aterciopelado y a la vez áspero le producía escalofríos de arriba abajo, siempre le hacía vibrar todas las terminaciones nerviosas que poseía.
Nunca se habían visto en persona y sus llamadas no eran especialmente notables -ella dirigía una empresa de conserjería ultraexclusiva a la que él pertenecía por invitación, por lo que generalmente él le decía lo que quería y ella le aseguraba que lo haría-, pero eso no parecía importar. Inevitablemente, su subconsciente asociaba su voz a las fotos que aparecían con frecuencia en la prensa y en las que ella, al igual que probablemente cualquier otra persona de sangre caliente del planeta, no podía dejar de fijarse.
Era insólito estar soñando con él ahora, cuando hacía más de un mes que no hablaba con él. Y aún más extraño era que hablara en su portugués natal, cuando él sólo se dirigía a ella en el inglés ligeramente acentuado pero impecable que había adquirido gracias a una educación en un colegio público británico, seguido de Oxford.
Pero sabía por experiencia que poco podía hacer para evitarlo y, en realidad, ¿por qué iba a querer siquiera intentarlo? Los movimientos que él hacía sobre ella... La forma en que se despertaba acalorada, sin aliento y temblando de pies a cabeza... Era lo más cerca que estaba de lo real en esos días, y no es que lo real hubiera sido bueno en su limitada experiencia, por eso le daba tanta importancia.
Además, no había nada malo en soñar. No era como si albergara la secreta esperanza de que las cosas que él le hacía se hicieran realidad. La sola idea era absurda.
En primer lugar, aparte del hecho de que se mantenía alejada de las cosas en las que no era buena, involucrarse de esa manera con un cliente -cualquier cliente- sería muy poco profesional.
En segundo lugar, no había forma de que un bodeguero aristócrata, multimillonario, asombrosamente guapo y de vida rápida se fijara en ella en el improbable caso de que llegaran a conocerse.
Y, por último, todo el mundo sabía lo devoto que el playboy reformado Duarte había sido de su bella esposa y lo devastado que se había sentido cuando ella murió de una sobredosis seis semanas después de dar a luz a su hijo muerto, aunque ahora se decía que estaba llevando la doble tragedia con un estoicismo increíble.
No, sus sueños eran privados, seguros y, aún mejor, a diferencia de la realidad, completamente desprovistos de la voz hipercrítica que vivía en su cabeza, recordándole constantemente lo mucho que tenía que hacer y cómo, si quería sentirse bien consigo misma, no debía fracasar en nada. En los sueños en los que aparecía Duarte, la perfección no era algo por lo que hubiera que esforzarse; era algo que se daba por hecho.
Hola", murmuró contra una hermosa almohada que no era ni demasiado dura ni demasiado blanda, sino lo justo.
He dicho que quién eres y qué demonios haces en mi cama». Esta vez habló en inglés, con su voz estremecedora un poco más cerca.
y, cuando un rastro de algo deliciosamente picante le subió por la nariz hasta la cabeza, un calor la recorrió y le hizo doblar los dedos de los pies.
Te estoy esperando", murmuró mientras se preguntaba con un parpadeo de excitación qué haría él a continuación.