Estas líneas son un testimonio de dolor, por la pérdida de un hijo y de esperanza al ver todo el amor que suscitó.
La pena -con la ayuda de Dios- sube de las entrañas a la cabeza. Pasa de ser un ahogo que no deja vivir y oprime el corazón, a un recuerdo nítido y doloroso que se sitúa en la azotea del recuerdo; en la cabeza. Ahí se accederá cuando se quiera y se llorará si se quiere llorar; pero no impedirá ser feliz.
La pena -con la ayuda de Dios- sube de las entrañas a la cabeza. Pasa de ser un ahogo que no deja vivir y oprime el corazón, a un recuerdo nítido y doloroso que se sitúa en la azotea del recuerdo; en la cabeza. Ahí se accederá cuando se quiera y se llorará si se quiere llorar; pero no impedirá ser feliz.