Álvaro Obregón: Máximo caudillo de la Revolución Mexicana. Informes presidenciales

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El poder político del general sonorense Álvaro Obregón, radicó inicialmente en su prestigio militar, sin que tardara en darse cuenta de que no bastaba con la fuerza bruta para ejercer su liderazgo. Por lo tanto, tejió una red de lealtades, y, sobre todo, empleó su palabra como medio, más que de expresión, de hegemonía (así pudo entender que en la magia de su lengua estaba la clave de su gloria). Su supremacía descansó, en las promesas de redención a un pueblo hambriento de pan y de justicia, mientras repartía a sus amigos o a enemigos potenciales todo tipo de favores. Esto le permitió acometer las actividades que se consignan a través de su trayectoria de hombre fuerte. Como dirigente virtual de los diputados radicales en el Constituyente de Querétaro de 1916-17, tras bambalinas, Álvaro Obregón maniobró con su verbo escrito u oral para que las reformas que propuso Venustiano Carranza fueran más allá de un mero cambio de redacción hasta cierto punto cosmético, para llegar a innovaciones trascendentes, sobre todo en materia agraria, obrera y de conciencia, en los artículos 27, 123 y 130 constitucionales que los diputados de su corriente política aprobaron, tal vez no del todo conscientes de la adversa reacción que encontrarían en el imperio norteamericano, en el latifundismo doméstico y en la Iglesia Católica. En el terreno del pensamiento, Álvaro Obregón contribuyó poderosamente con su discurso a estructurar lo que se ha llamado ideología de la Revolución Mexicana (con su libro autobiográfico sobre sus campañas militares, con sus diversos manifiestos a la nación, con la recopilación de los discursos que hizo el general Joaquín Amaro Domínguez como Secretario de Guerra y Marina, y con diversos testimonios y ensayos biográficos contemporáneos), con términos y giros que si él no inventó, sí contribuyeron a formar un acervo doctrinario que empezaron usando sus inmediatos colaboradores y terminaron adoptando por inercia o convicción los grandes conglomerados humanos a los que se dirigía en sus arengas o a través de sus disertaciones sobre el desarrollo del agro y del sindicalismo. Ese arsenal de tesis o principios serviría a los personeros de la post-revolución para seguir incidiendo sobre las masas populares y que sólo con el tiempo y los cambios que se fueron operando en lo interno y en lo externo se fue amortiguando, hasta desaparecer del vocabulario de los políticos priístas postmodernos (directos descendientes de organizaciones como el Partido Liberal Constitucionalista y el Partido Nacional Revolucionario).Obregón no fue el matón que han pintado sus detractores para minimizar sus hazañas guerreras o su prestigio político, abatidos por sus acciones bélicas o agraviados por alguna eventual falta de apoyo que esperaban recibir por los servicios prestados a él o al fenómeno maleable que dio en llamarse Revolución. No fue un sujeto vengativo que se abalanzara contra todos los que podían hacerle mella, sino selectivamente contra aquellos que representaban una seria amenaza para él o para su proyecto político, que en determinado instante se confundió con el de la nación. Consideró preferible el exterminio de unos cuantos conjurados a una masacre general. En estos casos no dudó en proceder con rigor relampagueante, pasando por encima de sus propios sentimientos, por los lazos de amistad o de sangre que eventualmente lo ligaron con algunos de los afectados por su comportamiento autoritario.

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