"Decía Oscar Wilde que no hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión. Mi primera vez con médicos de hematología ocurrió mientras mi mundo se venía abajo, mientras me decían leucemia. La mayor impresión de mi vida, la más intensa, la más desconcertante. Y no era buena, porque nada era bueno en esos momentos."
Tras algo más de cuatro meses de lucha, durante una noche difícil en el hospital, pensé que debía contarlo. Por mí, como ejercicio psicológico, por mi familia, para desdramatizar mi situación, y por mis amigos más cercanos, que pudiesen comprender la naturaleza de la vida con un cáncer, esta vez en la sangre.También pensé en otros enfermos, asociaciones, familiares, cuidadores o personas curiosas, por lo que me comprometí a respetar el tiempo del posible lector y escribir algo ameno, con cierto cuidado formal y que pudiera resultar interesante a quién lo lea.
No se trata de una novela de terror, ni un tratado de medicina, ni una declaración de torturas. Tampoco es una epopeya de esas en las que un héroe se enfrasca en un viaje largo y penoso, luchando contra todo lo imaginable; aunque sí hay heroínas, pero éstas de carne y hueso.
Es un relato inocente de quién, con ojos de niño, se sorprende de lo que le pasa, con buen humor, en tono optimista y, en gran medida, agradecido a la vida. Emotivo, divertido y fácil de tragar, aunque el trasfondo no lo sugiera.
"Siento mucho si me he dejado llevar en este capítulo un poco por mi yo más infantil. Diré en mi descargo que soy víctima de una infancia de niño del setenta y cinco, con Franco en alma presente por todas las esquinas y, las más de las veces, también fuera de ellas; de padrenuestro y avemaría al empezar las clases, que eran de la EGB, de colegio público a las afueras, y autobús escolar desde el centro, de tías besando el pan antes de tirarlo, de otras que no, de una España de brillantes ojos femeninos en azul o verde y de labios rojos, de ilusiones y carencias, de familias de bien, también de las familias, a secas pero con las mayúsculas implícitas, sin necesidad de más, y del resto, de la mía, de las de primos que son hermanos; de la Bruja Avería y la Quinta del Buitre, campeón de canicas, subcampeón de chapas gracias a la cáscara de naranja y a Bernard Hinault, hábil con el pincho y del montón con el trompo, porque no me gustaba clavar y romper el de los demás; de barrio con río, riachuelo quizás, extenso y obrero, el barrio, como casi todos, expandido mucho más con la bicicleta, mi alma, y aguerrido en los partidos de futbol frente a los otros barrios."
"Y lloré. Desconsoladamente, hipando, desde lo más hondo, como nunca había llorado. Ella me ofreció sus caricias y su cariño, pero le pedí un ratillo a solas – déjame llorar, que estoy bien, pero lo necesito."