Cuando uno se disfraza por primera vez de entrenador de tenis, no sabe muy bien lo que debe hacer cada día, cada hora, con cada grupo de alumnos. La profesión de entrenador precisa de un poso que tarda en llegar. Pero cuando llega, si se sabe aprovechar, hace de este trabajo algo apasionante.
El entrenador de cualquier disciplina siempre está observado. Mucha gente depende de él: jugadores, padres, directivos, aficionados… y eso hace madurar al profesional más que los cursos de formación. El día a día del entrenador de tenis es complicado si uno no dispone de las armas técnicas con las que defenderse. Y es que el entrenador debe estar, por encima de todo, formado. Debe tener suficientes conocimientos y capacidad para gestionar una escuela de tenis en la que se pasa de vivir relativamente tranquilo, a sufrir repentinamente una tormenta con una carga emocional tal que puede hasta poner en peligro el puesto de trabajo. Esto pasa porque, de un tiempo a esta parte, el deporte se vive con una pasión extrema y con unos deseos de triunfo exagerados. Todo esto hace que jugadores y, sobre todo, padres tengan excesiva prisa por destacar, e invadan en ocasiones el territorio que debiera estar reservado en todo momento a los técnicos. Sin saber que quien destaca antes no tiene por qué ser el mejor a la larga.
El entrenador de cualquier disciplina siempre está observado. Mucha gente depende de él: jugadores, padres, directivos, aficionados… y eso hace madurar al profesional más que los cursos de formación. El día a día del entrenador de tenis es complicado si uno no dispone de las armas técnicas con las que defenderse. Y es que el entrenador debe estar, por encima de todo, formado. Debe tener suficientes conocimientos y capacidad para gestionar una escuela de tenis en la que se pasa de vivir relativamente tranquilo, a sufrir repentinamente una tormenta con una carga emocional tal que puede hasta poner en peligro el puesto de trabajo. Esto pasa porque, de un tiempo a esta parte, el deporte se vive con una pasión extrema y con unos deseos de triunfo exagerados. Todo esto hace que jugadores y, sobre todo, padres tengan excesiva prisa por destacar, e invadan en ocasiones el territorio que debiera estar reservado en todo momento a los técnicos. Sin saber que quien destaca antes no tiene por qué ser el mejor a la larga.