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Tras los primeros asaltos que propiciaron la caída del Temple, coadyuvada por el rey Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V, el último gran Maestre de la Orden, Jacques de Molay, envía a varios monjes de su confianza hacia Longroiva, en territorio luso, para poner a salvo el legado que ha mantenido a la Orden en un lugar privilegiado de la Historia durante dos siglos. La estrategia consistía en separar aquel tesoro en varias partes, y trasladarlas a Portugal por diferentes medios, de modo que el rey de Francia no lograra aprehender el legado en su conjunto. Gautier de Blois, uno de los jóvenes templarios elegido para la misión, partirá de París con una de las partes de ese legado, escondida en una carreta con la que emprenderá el camino hacia Santiago, camuflado como un peregrino más.
La novela nos narra la aventura de este templario y sus acompañantes camino de Portugal, en un viaje sumamente duro que se verá truncado apenas logran atravesar los pirineos. Allí, en un pequeño cenobio antoniano situado aguas arriba del río que baña Pamplona, detendrán su camino al comprender que la Orden ha sido desmantelada, y que en Portugal ya no están seguros. A partir de entonces, el joven templario empleará parte del tesoro de la Orden en agrandar el hospital de los antonianos, y también en construir una pequeña iglesia, tras cuyos muros quedará oculta aquella parte del legado del Temple que le tocó custodiar.
Un siglo después, la providencia quiso que aquel legado fuera puesto en manos del rey Carlos III de Navarra. Cuando éste descubre el inmenso valor de tesoro descubierto, viajará a París de inmediato para entrevistarse con su primo, el rey de Francia.

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