Formando pareja con los tres bailarines del musical americano más importantes, Gene Kelly, Fred Astaire y Donald O’Connor, aportó no solamente una compañera que se movía al unísono con ellos, sino también alguien que era capaz de obligarles a desplazarse y a seguirla en sus ágiles movimientos.
Con su cara de niña buena, sus andares enérgicos y su figura estilizada, consiguió que cualquier oponente masculino pudiera destacar a su lado, aunque ello supusiera pasar ella a segundo plano.